Certeza

El día que me entregaron la llave de mi primer apartamento en Manhattan no había cumplido 24 años aún, pero tuve la certeza de que ya era adulta. Era la primera vez que iba a vivir sola. La llave amarilla en la palma de la mano me hacía sentir grande, exitosa  y segura de mi misma. En el fondo, también me hacía sentir aterrada, pero nunca le dije nada a nadie. Y es que no tenía a quién decírselo, la verdad, porque al tiempo que tuve la certeza de convertirme por fin en mujer, también la tuve de encontrarme completamente sola en esta ciudad. —“Mío” me dije a mi misma cuando entré por la puerta del tercer piso a mi apartaestudio en el East Village; y enseguida empecé a soñar. Soñé con mis cosas nuevas, mi música, mis decisiones, mis invitados, mis cosas viejas, mi risa, mis pinturas, mis amigos, mis errores y mis secretos.  

Esa sensación de certeza que lo invade a uno cuando es joven y se atreve a soñar, es la que a diario trato de recobrar ahora en mi edad madura. Trato a toda costa de recordar la fórmula que me hacía sentir así: tan segura, tan sin miedo, tan en control, y he llegado a una conclusión muy simple: la fórmula era la ingenuidad, la fórmula era la inocencia.

¡Cómo extraño mi inocencia! Aún recuerdo el día en que la perdí. Fue unos años más tarde. Esa noche caminé calles largas y oscuras en Brooklyn llorando, en medio de una nevada como la que veo hoy por la ventana, buscando cajas de cartón para empacar las pocas cosas que había acumulado viviendo. Veía borroso entre las lágrimas y el pecho a duras penas me sostenía ese corazón que traía desde hace rato partiéndoseme de a pocos por un amor ingrato y traidor. En la calle que bordeaba el parque, el viento frío me secaba el llanto en la cara, y mis pasos pesados arrastraban como un velo de novia el abrigo negro de cachemira que había comprado en un viaje romántico a Alemania. Ayer, caminado entre la nieve me preguntaba si lo que yo buscaba esa noche entre aquellos altiplanos níveos que forraban los andenes del parque era las cajas desechadas que necesitaba para mi mudanza, o los restos moribundos de mi inocencia. 

Tenía 32 años y la Navidad más triste de mi vida acababa de pasar. Todavía quedaban estrellas de colores en el cielo, rezagos de la celebración de año nuevo. Pero ahora la gente ya no estaba en la calle. Acobardados por el frío se escondían de la tormenta o corrían de la boca de la estación del metro a su casa para ampararse del viento que los abofeteaba sin compasión. Yo caminaba ajena al clima y a sus inclemencias, cargando unas cajas planas, medio mojadas debajo del brazo y dejando que el capuchón del abrigo me cubriera media cara. Llevaba los ojos rojos y húmedos clavados en el suelo cuando a mis piernas las superó la tristeza, y entonces caí de rodillas sobre una colina de nieve que había permanecido intacta hasta entonces. Solté las cajas por reflejo, puse los brazos enfrente, y en un momento que me pareció eterno, me enterré lentamente hasta frenar con las palmas sobre esa primera capa de hielo que cubre el pavimento cuando ha nevado, y sentir la cara completamente impresa entre el polvo blanco y frío.

Y ahí, de rodillas, enterrada, con mi abrigo largo, como un monje hincado en plegaria, grité, lamenté con ira la pérdida de  mi inocencia. Cuando me levanté, ya era otra. La niña había muerto.

Para mi otra niña, que ahora cambia todos los días.