Los Invisibles
A la invisibilidad me la encuentro todos los días por la calle. Los invisibles deambulan perdidos en las esquinas. Se me atraviesan en el supermercado, en los vagones del tren, en la sala de espera del consultorio médico. Los invisibles viven detrás de los espejos, en los reflejos de las ventanas opacas de la tienda del café. Ahí silenciosos se albergan en su transparencia y nos miran a los que nos sentimos visibles con esos ojos de añoranza.
Algunos invisibles se nos han salido de adentro. De vez en cuando me encuentro a los míos. Están caminando por ahí, buscando no se qué en las calles de mi barrio. A veces los encuentro en calles en donde habité antiguamente. Los veo más jóvenes que yo, más ágiles y soñadores. Me les acerco y desaparecen, pero continuó oyéndoles la risa y los pasos.
Hay invisibles que caminan a todas partes con nosotros, son los que nos susurran nuestros miedos, nuestras inseguridades, nuestros arrepentimientos. Esos invisibles nos fuerzan a mirarnos en los espejos de los otros, a cuestionar nuestro presente y a juzgar cada paso que hemos dado en el pasado. Nos despiertan en la noche con reproches o preguntas absurdas. Se carcajean debajo de las camas, como niños traviesos escondidos en la penumbra. Los invisibles no se cansan de hablarnos al oído, de recordarnos cada detalle y cada palabra.
Hay otros invisibles que nos acompañan en el mundo solitario de los visibles. Callados y pacientes nos esperan en la puerta de la casa a que salgamos, a veces sin ganas y a veces con afán. Veloces como el olvido, corren con nosotros hasta la estación del subterráneo y se alegran cuando alcanzamos al tren, o se sientan en el banco de madera con nosotros a esperar. Con un amor casi maternal nos miran los zapatos, se acercan y escuchan atentos el ruido que hacen nuestros labios en cada sorbo de café. Ansiosos, vigilan el reloj digital y cuentan con nosotros los minutos que le faltan al siguiente tren para llegar.
Esos son los invisibles, los nuestros, los ajenos, los que viven por ahí regados, paseándose entre el presente y el pasado, revoloteando con el viento a nuestro alrededor, deleitándose en los placeres de su diáfana existencia.
Para mi papá.